Cada día es un día más y un día menos.

Llevo meses calculando el tiempo que me queda para irme, haciendo planes y ocupando el espacio de tiempo que quedaba vacío, como si no existiese, como si lo único importante fuera irse a los Estados Unidos y el resto del año fuese simplemente vacío. Llevo meses pensando en las cosas que escribiría en este blog, en las cosas que tenía que hacer antes de irme. En resumidas cuentas, llevo meses intentando llenar ese vacío temporal con el mayor número de cosas posibles en las que pensar, intentando llenar mi agenda para no tener que pararse a pensar en todo lo que cambiará.
Y ahora que se acerca la hora de la verdad, descubro que mis ideas se perdieron en algún rincón de mi mente, de la cual no tengo mapa; que todo el tiempo que había planificado cuidadosamente se fue más rápido de lo esperado; y me encuentro con que me quedan apenas 54 días para irme. Si, son muchos, pero comparando con lo rápido que han ido los últimos ocho meses, puede que pasen a la velocidad de un suspiro.
El futuro es un arma peligrosa, algún día será tu presente. Y solo cuando pertenezca al pasado será inofensiva, aunque seguramente ya haya marcado tu nuevo futuro y tu destino. Pero no es tiempo de preocuparse del futuro, que llegará cuando tenga que llegar. Es tiempo de vivir el presente, de crear recuerdos que llenen mi maleta y en definitiva, de exprimir al máximo esos 54 días para que no duren lo que dura un cigarro.

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