Bonjour, Montreal.



Por fin tengo un ratito para escribir y contaros mi viaje desde España hasta Canadá (que yo creo que dá para escribir una novela, porque fue laaargo largo). Lo primero fue coger un bus desde Lugo a Madrid, luego un avión de Madrid a Bruselas y finalmente otro vuelo a Montreal. Con decirso que lo más cómodo fue el bus me quedo corta. Pero bueno, dejando a un lado los inconvenientes del viaje, las dos horas de retraso del vuelo hacia Montreal y el poco espacio que habia para las piernas, a pesar de ser un transoceánico; 24 horas después de salir de casa por fin podía decir que estaba en Canadá!

Había llegado por fin a Montreal, donde decidí quedarme una noche antes de ir a Sherbrooke (donde estudiaré) por si las moscas el visado me daba problemas y salía tarde del aeropuerto. A pesar de llevar el permiso de estudiante, el permiso de estudios y miles de papeles más, pueden denegarte la entrada en territorio canadiense y mandarte por donde has venio. Sí, sí, los canadienses son así de exigentes a la hora de cruzar sus fronteras.

Pero dejemonos de hablar de burocracias y penurias del viaje para pasar a lo que realmente nos interesa: Montreal. Pude recorrerla durante apenas un par de horas, ya que el día siguiente de llegar al hostal madrugué para aprovechar la mañana antes de que mi autobús saliese con destino a Sherbrooke (a eso de 12 de la mañana). Así que allí estaba yo, a las 8 de la mañana, pateando las calles de Montreal con mi cámara en la mano y viendo como todavía recogían la basura. Las calles estaban desiertas, pero me las apañé para hacer mis primeros amigos canadienses.


Ardillas! Las había a montones! Creo que son como nuestras palomas, que las hay por doquier y la gente está cansada de verlas, pero a mi me hizo mucha gracia verlas corretear por los parquecitos de la ciudad. Y es que si tuviese que describir Montreal en tres palabras sería: viejo, nuevo y verde. Es una mezcla de culturas (europea y americana) que parecen fundirse perfectamente con la naturaleza. Puede verse perfectamente desde el avión. A diferencia que cuando aterricé en Chicago el verano pasado, que se veían todas las casas iguales en sus vencindarios iguales en sus calles perfectamente cuadradas y llenas de cemento; esta vez las casas parecían mezclarse entre la naturaleza. Aquí también viven en vecindarios cuadriculados, pero tienen tanta vegetación que parece que viven en el bosque.





Como podeis ver en las imágenes, hace buen tiempo! De hecho, ahora mismo estoy casi sudando en mi habitación mientras escribo, gracias que tengo la ventana abierta y un ventilador que me han dejado. Pero volvamos a Montreal. Como os he dicho, tiene cierto aire europeo con terracitas y edificios antiguos, aunque se funden con rascacielos altos y acristalados, creando un contraste arquitectónico muy peculiar y que a mí me ha llamado mucho la atención.








Hay dos cosas que no pueden faltar en toda ciudad que se precie: un zara y un barrio chino, y Montreal cuenta con ambas. Sin embargo este barrio chino o quartier chinois, como lo llaman aquí, es bastante más diferente que el de Chicago (que son los dos únicos en los que he estado), ya que aquí podemos encontrar algunas de las casas más viejas de la ciudad y calles peatonales. Es algo así como un barrio chino pero a la europea. Os he dicho ya que Montreal es una ciudad llena de contrastes?





La verdad, salí del hostel sin una dirección fija, sin rumbo, sin saber cuales eran las cosas turísticas que ver ni lo que Montreal tenía que ofrecer. Simplemente caminaba y me dejaba llevar por mi instinto, abriendo bien los ojos para ver que me podía encontrar. Así fue como fui a dar con una señora que hacía encaje de bolillos/Camariñas. Mientras paseaba por las calles de la zona más vieja me enontré con una pequeña feria de artesanía en la que la gente iba vestida de un estilio colonial, podría decirse. Para mi sorpresa, también había un chico tocando la gaita. Es que acaso hay algo mejor que que te reciban en Montreal al sonido de una gaita?




Y así, poco a poco, sin rumbo pero con decisión, fui descrubriendo Montreal sin quererlo. 

Los primeros días en Sherbrooke bien se merecen una entrada propia, ya que desde luego esto es un mundo totalmente aparte (creo que estoy viviendo dentro de una de esas películas americanas donde salen universidades llenas de estudiantes que juegan al beer-pong). Por el momento os adelanto que a mi me ha tocado acomodarme, limpiar, limpiar y limpiar. Espero que os haya gustado Montreal tanto como a mí y nos vemos en la próxima entrada!



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