Viaje al fin de la civilización II



Por dónde nos habíamos quedado... humm... Ah sí! Frío, mucho frío. Y árboles, muchos árboles. Si todavía no has leído la primera parte de mi primer Road Trip por Canadá te recomiendo que lo hagas pinchando aquí. Así que continuemos donde lo habíamos dejado: Érase una vez, en una fría mañana de finales de Septiembre, en algún parking de caravanas entre Alma y Saguenay...



Después de un café caliente y un paseo más allá de donde se acaban las carreteras y los centros comerciales, Gus y yo pusimos rumbo a Saguenay City. En realidad la gente de aquí llama Saguenay a la región que abarca desde el Lac St-Jean hasta que desemboca en el río Sant- Lawrence, del que también os hablé en el post anterior. La capital de esta región y la más grande y antigua se llama Chicoutimi, y se encuentra rodeada de una especie de "fjords" pero que nada tienen que ver con los de Noruega (nunca he estado, pero creo que no son similares).

Después de Chicotimu decidimos visitar la Bahía Ha Ha! simplemente porque nos hacía gracia el nombre. Resulta que cuando los colonos llegaron aquí y se encontraron con los nativos y les preguntaron como se llamaba este lugar, ellos respondieron en su lengua algonquin, pero los colonos solo entendieron Ha Ha!, así que decidieron llamar así a la bahía. En realidad lo que los pobres nativos les intentavan explicar es que este lugar era donde intercambiaban madera. 








Tocaba regresar a Quebec city para devolver el coche y celebrar el cumpleaños de una amiga alemana de Gus, pero no pudimos resistir la tentación de parar en el Parque Nacional de Jaques-Cartier. Se nos hizo un poco tarde así que no pudimos hacer ninguna caminata, pero aún así pudimos ver un río y pasear un poco entre árboles y pinos. Y como no, sacarnos algunas fotos de postureo con nuestro querido coche. Fue un amor a primera vista, todavía lo echo de menos, espero poder volver a conducirlo algún día...




Una vez en Quebec dejamos los bártulos en casa de Benoit, otro chico que conocimos a través de Couchsurfing, quién también nos acogió con los brazos abiertos. Después un poco de vida nocturna por Quebec para celebrar el cumpleaños de la amiga de Gus pero sin acostarnos muy tarde, ya que tocaba descrubir la ville de Quebec al día siguiente.

El domingo por la mañana y con las legañas todavía en los ojos nos fuimos a pasear por las calles de Quebec. Benoit nos dió un mapa y nos señaló los puntos más interesantes de la ciudad; otra de las ventajas de couchsurfing, que puedes conocer sitios no tan turísticos que la gente de allí conoce. Lo primero fue visitar el icónico castillo de Quebec, el château Frontenac. Este lujoso y carísimo hotel fue construído hace unos 200 años por el dueño de la compañía de trenes de Canadá para así atraer a más turistas a la ciudad de Quebec (que por supuesto tendrían que utilizar sus trenes para llegar). 

Viniendo de Europa, donde la historia se respira por los cuatro costados, no fue realmente emocionante. Me da la sensación de que cuando viajas por Europa no importa que no sepas nada sobre la historia de la ciudad que visitas; la sensación de saber que hace mil años la gente pisaba las misma calles que tu pisas ahora mismo es embriagadora y palpáble. Hay algo sobre Europa, que que sé yo, que solo sé que enamora.






Al lado del castillo se encuentran las calles más turísticas y comerciales de Quebec, famosas por ese aire "parisino". Quebec es la ciudad más antigua del Norte América (sin contar México, que tiene ciudades más antiguas). Fue colonia francesa y británica durante mucho tiempo, así que todavía conserva ese estilo "europeo". Una de las calles más famosas es la Rue du Petit Champlain y allí puedes encontrar tiendas con cosas típicas de la región de Quebec, como el sirope de arce.





Después de un paseo por Quebec, regresamos a casa de Benoit, quien se ofreció a llevarnos a las cataratas más altas de Canadá, que no, no son las del Niagara. Las cataratas del Niagara son las más anchas, para las más altas se encuentran a veinte minutos de Quebec y se llama Cataratas de Montmorency. En invierno por lo visto se congelan, así que habrá que volver a Quebec para verlas jeje.

Realmente eran impresionantes pero no pude sacar muchas fotos porque salpicaban mucha agua y se me mojaba la cámara. Pero ya sabéis, los mejores recuerdos son aquellos que tienes que guardar en la memoria. Hay cosas que una cámara no puede expresar, como la sensación de ser tan bien acogida por gente desconocida, el frío de dormir en un coche o esa sensación de libertad al conducir sabiendo que puedes ir a donde quieras; más allá incluso de donde terminan las carreteras y donde civilización humana llega a su fin. 



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