Viaje al fin de la civilización


Si me piden que imagine el "road trip" perfecto entonces a mi cabeza viene instantáneamente la imagen de una carretera solitaria, rodeada de árboles y con una montaña cubierta de nieve en el horizonte. Esta imagen, que tantas veces había rondado por mi cabeza, describe a la perfección mi "viaje de carretera" de este fin de semana (salvo por la montaña cubierta de nieve, que todavía no hay). Solo hay una cosa que me guste más que los viajes de carretera: los planes improvisados. Si encima los pones juntos, entonces ya soy la chica más feliz del mundo.

El finde pasado le propuse a mi amigo mexicano, del que os hablé en este post, que nos fuesemos al día siguiente a Quebec. Así, sin más, un plan salido de la nada. Y como él es de esas personas que se apuntan a todo, pues no tuvo más remedio que aceptar. El jueves por la noche nos fuimos en coche compartido hasta Quebec, una especie de blablacar que aquí se llama AmigoExpress. Una vez allí nos quedamos en casa de un chico llamado Thierry al cual conocimos a través de la plataforma Couchsurfing.

Para aquellos que no la conozcáis, Couchsurfing es una página donde la gente ofrece su casa de manera totalmente gratuita para que puedas dormir un par de noches. Tenía muchas ganas de probarlo ya que mucha gente me había hablado muy bien de ella, así que esta fue la oportunidad perfecta. La verdad, sobrepasó mis espectativas. 

Thierry, un estudiante de intercambio de Camerún en Quebec, nos abrió las puertas de su casa con una sonrisa en la cara y una botella de cerveza en cada mano. A pesar de mi pésimo francés y sus pocas palabras en inglés, conseguimos entendernos (quien no ha chapurreado nunca el francés simplemente modificando las palabras en español?). Incluso nos dió una tableta de chocolate que había traído de un viaje por Suiza. 



A la mañana siguiente nos fuimos a recoger el coche que habiamos alquilado previamente por internet. Evidementemente, reservamos el cohe más barato, alias, el más cutre y chiquitín. No sé si os podeis hacer una idea de mi cara al escuchar que no les quedaban coches baratos y que nos tendrían que dar un pedazo Jeep por el mismo precio. Y no sé si os podreis hacer una idea de la cara de la chica cuando le dije que no sabía como conducir un coche automático. Estaréis pensando que me miró mal y no me lo dejó alquilar, verdad? 

Pues no. Los canadienses son tan cordiales y amables que me explicó como conducir el coche. Al acabar me dijo: "Tú no te preocupes, que en cuanto des un par de vueltas ya lo sabrás manejar perfectamente". Sí sí, yo me quedé alucinando; me iban a alquilar semejante coche a mí, que ni siquiera sabía conducirl, y encima por el precio de uno barato? Por suerte conducir un automático es bastante sencillo, así que después de un par de vueltas y frenazos bruscos, conseguí cogerle el truquillo (o casi, será mejor que le preguntéis a mi amigo Gus...)





Conducir por Canadá es perfecto para mí. Apenas hay coches, no hay ninguna rotonda, los coches no tienen marcha... vamos, un sueño hecho realidad. Cogimos la autovía que iba hacia el norte, hacia la región de Saguenay. Fueron casi 3 horas de conducir a través de bosque, bosque y más bosque. Tan solo había una gasolinera en mitad del trayecto y ninguna casa, pueblo o ciudad. Tan solo bosque.

Lo bonito era que te podías salir de la autovía cuando quisieses, así que cuando veiamos un camino de tierra que pensabamos que llevaría a algún sitio interesante, simplemente girabamos el volante y listo (no tienen carriles de incorporación ni nada). El primer sitio donde paramos era como un refugio de pescadores que se llamaba "Riviere Kahdoshaye Yahdaw", donde como no, había pinos y un pequeño río. Después, continuamos por la carretera hasta llegar a Lac de l´Espérance, y como me recordaba a mi madre pues paramos también.




Después de continuar por la autovía  llegamos a Alma, una pequeña ciudad al lado de Lac Sant Jean en la región de Saguenay. Llegar al lago fue como ir a la playa; es tan tan grande que no puedes ver la otra orilla, y además, tiene hasta olas. El lago Saguenay tiene varios afluentes y a su vez es lugar de nacimiento del rio Saguenay, que después de 160 km desemboca en el uno de los ríos más importantes de Canadá: el río Sant Lawrence (fue por donde entraron los vascos primero y los franceses después, que ya os hablé de ellos en un post antiguo). 

Además este río conecta con Montreal y continúa hasta los grandes lagos. Los grandes lagos (Huron, Ontario, Michigan, Eire y Superior) también están conectados entre sí, por lo que si nos montamos en un barco en Indiana podemos acabar en Lugo. Pensaréis que estoy loca, pero los americanos ya me ha robado la idea! Los de USA le llaman "High Way H2O" y los canadienses "Saint Lawrence Seaway" y constituye una importante ruta de comercio entre ambos países y también con el resto de países bañados por el Atlántico. Y hasta aquí mi clase de geografía, espero que no os hayáis aburrido y que continuéis leyendo.





Y como no me podía ir de allí sin bañarme pues me tocó lanzarme al agua! No hacía tanto frío, y el agua estaba bastante aceptable (bastante más caliente que en las playas de Galicia). Lamentablemente Gus no opinaba lo mismo y prefirió quedarse en la orilla con sus tres chaquetas, su gorro y su bufanda. Según me dijo, en México la temperatura media es de unos 12C y rara vez bajan de 5, así que para el esto era casi casi invierno. Después de un baño rapidito y de secarse al sol, vuelta a la carretera para ver la puesta de sol en otro lago (no me acuerdo del nombre, aquí hay miles de lagos por todos lados).

El día tocaba a su fin, y tocaba buscar un sitio donde dormir. Teniamos una tienda de campaña pero teniamos demasiado frío como para montarla. Mientras conduciamos por la carretera encontramos un aparcamiento donde podías estacionar tu autocaravana durante diez días de manera gratuita, así que decidimos aparcar nuestro amado coche allí, bajarle los asientos y dormir en él. A pesar del frío y de que no nos podiamos estirar del todo, no estuvo tan mal la cosa. Menos mal que nos habían dado el coche grande, porque si nos llegan a dar el cutre...







A la mañana siguiente, un café y un paseo para intentar calentar el cuerpo y desagarrotar los músculos. Y aquí llega una de las anécdotas más especiales del viaje, o al menos para mí. Comencé a caminar mientras tomaba mi café de Tim Hortons (algo muy muy canadiense), y entonces me di cuenta de que estaba pisando el "fin de la civilización". Más arriba de la carretera que va de Alma a Saguenay ya no hay nada. Se acaban las ciudades, las autovías y los centros comerciales; el ruído y el ajetreo cosmopolitano son dominados por la naturaleza y los árboles. Tan solo existen pequeños pueblos que apenas superan los mil habitantes y a los cuales es difícil acceder, especialmente en invierno y con la nieve. 


Así desayunaba yo aquella mañana de sábado, aislada del mundo pero rodeada de árboles; sin el estrés y sin las preocupaciones que tanto abundan en las grandes ciudades. Es por estos pequeños momentos por los que me encanta viajar; la sensación de saber que puede en ese mismo instante seas una de las pocas personas saboreando un café allí donde se acaban las carreteras. Nos preocupamos tanto por tener una foto bonita al lado de un sitio emblemático que todo el mundo ha visto ya que nos olvidamos disfrutar de los pequeños detalles del camino. 

Disfruta del momento, saborea el café, no dejes que las bajas temperaturas te paren. Quien sabe si volverás alguna vez a vivir un momento como ese, así que por qué desaprovecharlo?. El frío en el cuerpo dura un par de minutos; los recuerdos, para siempre. 




Continuará...











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