Un sentimiento llamado Nueva York


Oh, Nueva York, Nueva York! La ciudad de las luces, la que nunca duerme; la del ajetreo, la de las películas románticas y los hombres trajeados. La ciudad de Sexo en Nueva York, de Gossip Girl, Friends, Como conocí a vuestra madre, 2 chicas sin blanca y muchas otras series tan conocidas. Nueva York es la ciudad del sueño americano, donde caben todas las ilusiones y donde todo empieza. O al menos, donde empezó mi aventura aquel Agosto del 2011, cuando todos los chicos y chicas que estudiariamos un año en USA pasamos un par de horas en esta gran ciudad.

Me resulta gracioso reeler la entrada de ese primer contacto con Nueva York y con la cultura americana y ver que; a pesar de haber añadido un par de años a mi DNI y ya no ser la adolescente que nunca había salido de Lugo; todavía sigo asombrada y con la boca abierta. Y es que Nueva York tiene algo especial, algo que no se puede explicar con palabras ni con imágenes. Nueva York no es un lugar, es un sentimiento.




No todo el mundo tiene la oportunidad de visitar Nueva York, y todavía menos de poder decir que lo hace por segunda vez. Pero de lo que más afortunada me siento es de poder decir que paseé por las calles de Nueva York olvidándome de que era una turista. Por si no os habíais dado cuenta todavía, me encanta viajar; aunque de una manera poco convencional. Viajamos (o al menos yo) para disfrutar, así que si vas a visitar una ciudad como la de Nueva York con miles de cosas que ver, lo mejor es que te relajes y que te lo tomes con calma. Escoge un par de atracciones turísticas y tómate tu tiempo, no te agobies por querer verlo todo y pasea por las calles abriendo bien los ojos. Saborea el momento. Disfruta.

Así es como me lo tomo yo, y por el momento estoy más que encantada con el resultado. En breves escribiré otro post con algunos consejos y lugares que visitar en Nueva York, para aquellos que estéis interesados o que estéis preparando una visita a la ciudad. En este me apetecía contáros las aventuras y momentos de película que he vivido en este viaje, que os aseguro está cargado de ellos.


Todo comienza cuando me despierto una mañana de lunes en medio de un lluvioso Nueva York. Para ir de Montreal a Nueva York lo más barato es ir en autobús, y como viajar barato es una de mis cosas favoritas (en realidad es mi única opción) pues no tuve más remedio que pasarme 9 horas entre asientos apretujados. No está tan mal teniendo en cuenta que me duermo tan pronto me subo a cualquier medio de locomoción. 

Una vez bajada del autobús y siguiendo mi modus vivendi de viajar lo más barato posible me dispuse a seguir las indicaciones que la tía de una amiga canadiense me había dado para poder llegar a su casa. Y es que si quieres viajar pero tu cartera no puede permitirse pagar un hotel (y menos en una ciudad como Nueva York) siempre hay la opcion de quedarte en casa de otra gente, bien sea usando couchsurfing o simplemente preguntando a tus amigos si conocien a alguien. Los canadienses y americanos suelen ser bastante abiertos y sinceros, y por lo general suelen hacer mucho eso de auto-invitarse así que ya sabes... donde fueres, haz lo que vieres!



Si no fuera por mi cara patata os enseñaría una foto de mi sorpresa al ver donde vivía la tía de mi amiga: quinta avenida, en pleno Upper East Side. Si habéis visto Gossip Girl entenderéis mi entusiasmo; si no, dejadme que os lo explique. En la quinta avenida los edificios tienen porteros que te abren la puerta de la calle al entrar, seguratas se aseguran que hayas sido invitada por algún residente para poder entrar y conserjes que te dan los buenos días y te recogen el correo. Ah! Y una persona que pulsa el botón del ascensor por ti (todo sabemos el esfuerzo que eso requiere). 

No me lo podría creer, era algo totalmente inverosímil y que no podía estarme pasando a mí. Pero por mucho Upper East que fuese había llegado hasta allí para ver Nueva York, así que me despedí de la fastuosidad del barrio de Blair Waldorf y salí a perderme en el metro como una mortal más.




Paseando por Nueva York me enamoré. Me enamoré del edificio Chyrsler en la 42 con Lenxington y de su arquitectura art déco, que no es que pareciese sacado de otra época sino que más bien me transportaba a mí a la suya, a los gloriosos años 20. Me enamoré de la tranquilidad de Central Park, el único lugar de "civilización" dentro de aquella jungla de tráfico, ruídos y trajín. 

Me enamoré de los taxis amarillos, de las luces de navidad, del puente de Brooklyn y del olvidado puente de Manhattan; del destartalado sistema de metro, de los empujones de la gente que siempre camina con prisas y de las parejas despidiendose en Grand Central Park. Sí, de todos esas escenas típicas me encontraba yo loca perdida, pero ¿acaso no es Nueva York una ciudad llena de clichés sacados de comedias románticas?








Sí, Nueva York está lleno de magia, cualquier cosa puede suceder en el momento más inesperado. Puede que fuese la magia del Upper East Side o que tengo una madrina mágica por ahí escondida, pero la noche del martes me ví hablando con empresarios acaudalados y reputados abogados; lo que es una versión moderna de Cenicienta, vamos. ¿Que cómo acabé ahí? Pues fui invitada, evidentemente.

Se trataba de una fiesta en el edificio de la tía de mi amiga, y cómo nos llevábamos bastante bien y no tenía a nadie más con quien ir, me invitó a unirme a ellos. No sé como se sentiría Cenicienta en el baile, pero yo desde luego allí me sentía fuera de lugar, con mi vestido de segunda mano, en medio de señoras con joyas y botox. 

Por normal general suelo ser una persona sociable y habladora, pero en aquel momento me empequeñecí y me pusé en una esquinita a comer canapés (riquísimos, por cierto). Por suerte una chica muy maja y sin botox se acercó a mí y estuvimos hablando. Me contó que ninguna de las señoras del edificio le dirigía la palabra. Al ser ella una mujer empresaria solía hablar con los maridos por motivos de negocios (las señoras debían de ser algo así como mujeres florero) y que por ello se pensaban que se trataba de una roba-maridos. La verdad es que fue muy amable conmigo y me dió muchos ánimos y consejos de cara el futuro, además de su teléfono de contacto y dirección, que oye, nunca está mal del todo tenerlo.



Después de aquello me sentí más animada y decidida a hablar, así que le pregunté al portero de donde era ya que tenía acento latino. Evidentemente era latino, y en cuanto empezamos a hablar español, todos los trabajadores se acercaron y se pusieron a hablar conmigo en español. Esa es la triste realidad de mi sueño de la zona pija de Nueva York, que los hispanos siempre están al servicio de los ricos y poderosos. Aún así, me hizo mucha ilusión que les sorprendiese que hablase español y que en tres días de hablar con ellos y preguntarles direcciones no hubiesen notado mi acento. De hecho, me dijeron que antes de saber que hablaba español les había parecido "una europea de la alta clase, muy elegante y refinada". JA! Si supiesen que mi vestido era de segunda mano... Ay, la magia de Nueva York!


Allí estaba yo, viviendo un sueño en pleno Upper East Side, como Cenicienta en una noche donde las doce campanadas nunca llegaban. Pero llegaron, y lo pero es que mucho antes, porque la fiesta terminó a las 10 de la noche. Aún así, Nueva York seguía hechizándome con sus poderes, y no pasaron ni 24h para que otra sorpresa fortuita aconteciese. 

Veréis, cuando camino por cualquier ciudad me suelo quedar muy pasmada mirando cualquier detalle o sacando fotos a los edificios. Así que no era de extrañar que me perdiese tres ferris donde me debería haber subido para ver la Estatua de la Libertad. Pero no hay mal que por bien no venga, y además de poder disfrutar de las vistas en el atardecer pude conocer a Verónica, una chica que se había ido a aprender inglés por dos meses. Como ella también estaba sola, aprovechamos para sacarnos fotos la una a la otra y para pasear por Nueva York a la salida del ferry. 




Es difícil deciros cual de las dos era más friqui de series y comedias románticas ambientadas en Nueva York (en realidad me gana Verónica, pero con mucho cariño) así que decidimos quedar al día siguiente para visitar algún punto icónico del cine. No pude evitar sentirme como Blair Waldorf y Serena Van der Woodsen al enviar un whatsapp diciendo "¿Quedamos cuando salgas de clase para ir a Tiffani´s?" 

Tristemente no me podía permitir comprar nada en Tiffani´s, pero la ilusión y alegría al sentirme como Holly Golightly (Audrey Hepburn) en Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffani´s) no me la quita nadie. Decidimos pasar el resto del día viendo los lujosos escaparates de otras marcas icónicas. No os lo he dicho todavía, pero Verónica es una de las diseñadoras de Zara y ha estado una decena de veces en Nueva York de "shopping" para cazar tendencias e incluirlas en sus diseños, así que básicamente me dió un tour por todas las tiendas espectaculares de las grandes firmas. Terminamos el día a la francesa, con un café con leche y macaroons. 






Como podéis ver, todo es posible en Nueva York, desde ir a una fiesta en el Upper East Side hasta ir de compras con quien básicamente ha diseñado medio armario tuyo. Nueva York es eso, una película  llena de magia, donde cada rincón parece sacado de una comedia romántica; la ciudad  que nunca duerme, donde todo es posible; tan suya y ahora un poquito mía también. Tan llena llena de contrastes, posibilidades y sentimientos entremezclados; tantos que hasta es un sentimiento por sí misma. Nueva York no es una ciudad, es un sentimiento.

XOXO
Reina Cotilla

Dedicado a todas las fans de sentirse como una princesa y de ver embobadas una y otra vez Gossip Girl y Desayuno con diamantes.


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