La noche en la que tuvimos el control sobre Nueva York


Esta semana pasada fue la "Reading Week" aquí en Bishop´s, que es una semana y media sin clases cuyo propósito parece ser ponerse al día con las clases y leer. Seamos honestos, teniendo en cuenta lo culo inquieto que soy no iba a permitir que eso pasase. La primera mitad de las vacaciones la pasé en casa de un amigo en el norte de Quebec, haciendo esquí y otros deportes comunes en Canadá, pero esa historia pertenece a la siguiente entrada. 

Mi amiga me comentó que quería ir a Nueva York para visitar a su hermano y a su tía abuela, que es quien me acogió en mi anterior visita a la ciudad, y me preguntó si me gustaría ir con ella. Si me leéis de hace tiempo sabréis que no dejo pasar ninguna oportunidad, así que con los ojos abiertos como platos le dije que me encantaría acompañarla.

Los que hayáis leído mi anterior visita sabréis que fue una experiencia al más puro Gossip Girl. Las fiestas en el Upper East side, el glamour de ir de compras con la diseñadora de Zara y la magia de las luces de Navidad me hicieron sentir que había alcanzado lo máximo que Nueva York podía ofrecerme. Pero me equivoqué, siempre se puede ir más alto, la ciudad neoyorquina me esperaba nuevamente con su lado más lujoso y exclusivo, al más puro estilo Lobo de Wall Street.



Nos fuimos el jueves por la mañana temprano en su coche y tras cruzar una frontera, cinco estados y 750 kilómetros por carretera por fin llegamos a la Gran Manzana. Aparcamos el coche en el Upper East Side, ya que la primera noche la pasaríamos en casa de su tía abuela.  El día anterior (miércoles) me lo había pasado en el coche de vuelta de Saguenay, donde mi amigo tenía la casa en la pista de esquí, que se encuentra a 7 horas de donde vivo. Así que tras añadirle otras 7 horas más en coche para llegar a Nueva York acabé con el culo plano y unas ojeras de oso panda por haber dormido tan solo 4 horas entre un viaje y otro.

Pero ya sabéis que yo soy una apasionada de las prisas y del frenesí viajero; disfruto con cada minuto de estrés preparando maletas y corriendo para alcanzar autobuses y aviones. Supongo que me hacen sentir una viajera de película, una Indiana Jones moderna.


Al día siguiente paseamos por el Museo Metropolitano de Nueva York, y como no, foto mandatoria en las escaleras donde nadie se podía sentar por encima de Blair Waldorf y Serena van der Woodsen en Gossip Girl. El museo era gigantesco, con decenas de salas de todo tipo de arte, desde partes de pirámides egipcias hasta obras maestras de Velzaquez, pasado por vasijas, sillas, mesas de reyes y fachadas enteras de edificios neoclásicos. 






Pasamos el día entero paseando por las calles del Upper East Side y Central Park hasta que llegó la hora de ir al piso del hermano de mi amiga. Dicen que Nueva York es la ciudad que nunca duerme, pero yo no había tenido oportunidad de comprobarlo la vez anterior, así que aquella noche tocaba salir a explorar que podía ofrecer la vida nocturna de la gran ciudad.

Cuando llegamos a su casa me quedé maravillada con las vistas. El apartamento se encontraba en Midtown Manhattan; es decir, justo en el medio de la ciudad; y desde la ventana de su salón se podía ver la parte sur de la ciudad. Aquella noche salimos en una discoteca de Brooklyn que resultó ser un verdadero espectáculo. Gogós cargadas de plumas, purpurina y maquillaje que era una auténtica obra de arte cruzaban el techo de la discoteca colgadas de arneses mientras otras bailaban en plataformas ancladas a las paredes.

En términos americanos puede que sí que sea la ciudad que nunca duerme, ya que por aquí vuelven a casa como muy tarde a las 2 o a las 3. En términos españoles, la vida nocturna de Nueva York es como la de cualquier ciudad de España donde te vas a dormir a las 6 o 7 de la madrugada. Eso sí, con clubs y discotecas mucho más extravangantes y palafernarios.


Llamazme vieja, pero lo mejor de aquella noche fue el despertar. Y es que la habitación que nos había dejado el hermano de mi amiga para dormir tenía unas vistas que quitaban el hipo. Los rayos de sol de mediocía me daban de pleno en la cara, impidiendome dormir; y mientras, la resaca del día anterior me hacía estallar la cabeza. 

Pero todo eso dejó de importar en cuanto abrí los ojos. Nueva York, con sus edificios de ladrillo rojo y escaleras de incendios, me daba los buenos días. Soleada y llena de color, la ciudad me esperaba con una sorpresa guardada bajo la manga; pero yo eso no lo sabía todavía, porque cuando viajo lo hago sin espectativas, sin listas, sin horarios.





Paseamos por las calles del SoHo, que es el barrio más hipster, bohemio y artístico de la ciudad. El SoHo se encuentra por debajo de la avenida Houston (SOuth of HOuston); mientras que por encima se encuentra el NoHo (NOrth of HOuston), que tiende a ser un barrio más universitario debido a su proximidad con la Universidad de Nueva York. 

Siguiendo mi estilo de vida de "dónde fueres, haz lo que vieres", sacamos a relucir nuestro lado más hipster y posturita: nos fuimos de brunch a una cafetería escondida (breakfast + lunch), entramos a varias tiendas de ropa vintage de segunda mano y recordamos nuestra infancia como si fuesemos dos viejecitas en una tienda de chucherías y gominolas típicas de los años 90. 






Para agradecerle a su hermano y a su compañero de piso que nos hubiesen acogido decidimos preparar la cena, así que fuimos a un supermercado orgánico de comercio justo. Pero mi amor por la tienda llegó a niveles preocupantes cuando ví que vendían queso de tetilla. QUESO DE TETILLA SEÑORES Y SEÑORAS! Para los que no lo sepáis, es un queso típico que se hace en Galicia y que está delicioso. La discreción no es lo mío, y en cuanto lo vi se me iluminaron los ojos, no pude evitar cogerlo entre mis manos mientras dejaba escapar un "oohh" por mi boca. Como era de esperar, el señor que vendía los quesos me miró con cara de locos y me dijo: "Sabes que eso no es una teta real, ¿verdad?". 

Tuve que explicarle que simplemente estaba contenta por ver un producto de mi tierra en pleno Manhattan. Mi amiga, al ver mi emoción, decidió comprar un cuarto del queso para acompañar a la tortilla que ibamos a hacer para cenar; y también un poco de jamón, porque eso siempre apetece y nunca viene de más. 

CONSEJO DEL DÍA: búscate amigos que te compren queso de tetilla y no los dejes ir, esos son los amigos que merecen la pena.



Una vez terminada la cena me dijeron que íbamos a pasar la noche del sábado a casa de unos amigos del hermano de mi amiga, así que nos montamos en un taxi con televisión en los asientos traseros dirección Wall Street. Un portero vestido en traje negro nos esperaba para abrirnos la puerta, mientras su compañero llamaba al ascensor para que estuvise listo a nuestra llegada. Mientras subiamos los 54 pisos en ascensor, miraba impaciente a mi amiga, a su hermano, y al compañero de piso de este. Parecían relajados, como si ir a una fiesta a 270 metros de altura en Wall Street fuese algo cotidiano en sus vidas. 

Subimos a lo más alto, y cuando las puertas del ascensor se abrieron, mi lógica se derrumbó. Nada de aquello tenía sentido; no podía ser posible que yo, una chica que lleva la misma camiseta durante 3 días seguidos para conseguir 50$ y que de pequeña hacía camas para las muñecas con cajas de zapatos estuviese en un sitio como aquel. 

Pero, ¿que era aquel sitio exactamente? Aquel sitio era la cumbre del poder.





No había paredes, tan solo cristal; ventanales enormes que nos dejaban expuestos a toda la ciudad. Pero no importaba, estábamos tan arriba, tan en la cumbre, que la gente de a pie no nos molestaba. Se respiraba poder en aquel salón, pero no la clase de poder de aquellos que tienen dinero, sino otro tipo de poder, el de aquellos que tienen el control sobre el resto de mortales en sus propias manos. 

Uno de los chicos era dueño de varios edificios en la ciudad y gracias a ello tenía un código que le daba acceso al One Bryant Park, el edificio de Times Square con las letras del H&M. Lo tecleó en su iPhone y empezó a cambiar el color de las luces a su antojo. Ahora verde, luego amarillo, luego azul, y finalmente rojo. 


Aquella noche tuvimos el poder sobre Nueva York, porque quien controla Times Square controla la ciudad. Eramos 7 en aquella caja acristalada a 270 metros de altura: cinco chicos, una chica, y una don nadie, que era yo. Pero aquella noche sentí el poder en mis manos mientras deslizaba la punta de mis dedos sobre la pantalla del iPhone para cambiar el color de las luces. Quien escoge tiene el control, y aquella noche decidíamos nosotros. 

La noche avanzaba mientras hablaban y reían a carcajadas de sus problemas en aduanas cada vez que volaban sus aviones privados. La canción de Bag Raiders "Shooting stars" sonaba de fondo. Yo callaba, escuchaba, y pensaba.


Fuente fotografía: https://www.siskar.co/

 No es lo mismo ser rico que sentirse rico. 

Para mí, el rico es aquel que decide que quiere hacer en cada momento. Me di cuenta de ello mientras escuchaba las historias de estos chicos, de sus fortunas heredadas y de cómo con ello habían heredado sin saberlo las ansias de poder y la ceguera por mantener siempre una imagen fría y rígida que les impedía ilusionarse por algo tan mágico como controlar las luces del One Bryant Park en Times Square.

Yo me sentía rica. Había decidido irme a Canadá, llevar la misma camiseta durante 3 días sin importarme lo que pensasen los demás de mí y comprar ropa funky de segunda mano sin temer a que ello arruinase mi imagen. Hacía lo que quería cuando quería, iba a los sitios que quería sin temor por mantener las apariencias; y lo mejor de todo, me ilusionaba por los pequeños grandes momentos que la vida me regalaba. 

Algunos dirán que es consuelo de pobres, pero cuando estás tan arriba como estábamos nosotros los sentidos dejan de funcionarte. Te sientes sólo, atrapado en esa caja de cristal en lo alto de la torre, como una especie de Rapunzel moderna; tan alejado del suelo que te olvidas de todas las experiencias cotidianas que el mundo ofrece. Allí arriba solo sientes vértigo, miedo por tomar la decisión incorrecta; un paso en falso que rompa la muralla acristalada y te haga caer en picado. Caer y dejar de estar en la cumbre, porque estar ahí arriba es lo único que sabes hacer y es la única forma de ser que conoces. 

Aquella noche, en lo más alto de Wall Street, tomamos el control sobre Nueva York. Y yo, sin serlo, me sentí rica. Aquella noche, yo decidía; y Nueva York era nuestro.


Dedicada a tod@s aquellos afortunados que saborean y disfrutan cada momento. Porque no es lo mismo ser un rico pobre que un pobre rico.

XOXO, Reina cotilla





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